La Pincoya

(Foto por pajarístico)

En la Región de los Lagos hay una isla que se llama Chiloé, donde suceden cosas extraordinarias que nadie entiende muy bien. En este místico lugar es donde se desarrolla el cuento de la Pincoya, una hermosa joven sirena de pelo negro largo que vive en al mar de esa isla. Sus vestidos están hechos de algas marinas y es famosa por bailar únicamente en esas costas.

Huenchula era la esposa del rey del Mar. Vivía con él desde hacía un año. Acababa de tener una hija, y quería llevarla a casa de sus abuelos, en tierra firme. Iba recargada, porque además de su bebé traía muchos regalos. Su esposo, el Millalobo, los enviaba para sus suegros. Era una disculpa por haber raptado a su hija. Huenchula tocó a la puerta de la cabaña. Desde que le abrieron, hubo un alboroto de alegría. Palabras superpuestas a los abrazos. Risas lagrimeadas. Frases interrumpidas.

Los abuelos quisieron conocer a su nieta. Pero estaba cubierta con mantas. Huenchula les describió cada una de sus gracias. Les hizo escuchar sus ruiditos. No los dejó verla. Sobre su hija no podían posarse los ojos de ningún mortal. Los abuelos entendieron. Esta nieta no era un bebé cualquiera. Era la hija del rey Mar. Por lo tanto, tenía carácter mágico y la magia tiene leyes estrictas. Pero cuando su hija salió a buscar los regalos y los dejó solos con la bebé, por un ratito nomás, los viejitos se tentaron. Se acercaron a la lapa que servía de cuna de su nieta y levantaron apenas la puntita de las mantas para espiar. Total, ¿qué podía tener de malo una miradita?

La beba era como el mar en un día de sol. Era un canto a la alegría. No querían taparla de nuevo, ni sacarla de su vista. En eso regresó Huenchula, vio a su hija y gritó. Bajo la mirada de sus abuelos la pequeña se había ido disolviendo, convirtiéndose en agua clara. Huenchuela se llevó en la lapa las mantas, y a su bebé de agüita. Se fue llorando a la orilla. En el mar volcó despacio lo que traía. Luego se zambulló y nadó entre lágrimas y olas hasta donde estaba su marido, que la esperaba calmo y profundamente amoroso. El Millalobo la tranquilizó. —¿Por qué no miras hacia atrás? Ahí estaba la Pincoya, su hija. El mar la había hecho crecer de golpe. Era una adolescente de cabellos dorados, con el mismo encanto de un bebé estrenando el mundo.

Los pescadores chilotes dicen que con su danza en la playa al son de las olas del mar puede predecir la buena o la mala pesca. Cuentan por ejemplo, que si los pescadores se han portado bien, se le puede encontrar bailando y cautivando a los peces, lo que indica buena pesca.  Pero de manera contraria, si alguno de los pescadores ha tenido mal comportamiento, ella podría terminar su hermosa danza dando la espalda al mar. Lo que significará mala pesca al día siguiente. Es por ello que los pescadores afortunados que la han visto bailar, esperan ansiosos ver el final, así sabrán si la pesca será buena o mala.

También dicen que la Pincoya canta a los pescadores perdidos. Su canto es tan hermoso y fino que los pescadores no pueden evitar seguirla. Así, la Pincoya puede decidir el futuro de un buen pescador guiándolo a la costa o puede decidir el futuro de un mal pescador perdiéndolo en el mar o también puede incluso entregarlos al Caleuche.

Por Macarena,

En memoria de mi padre, Aroldo Gajardo.

Información complementaria: www.encuentos.com

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